miércoles

Desgracia e injusticia



Infame declaración de Vicente Fox sobre el caso Ayotzinapa: “A los padres de familia, un mensaje de un padre de familia: no pueden vivir eternamente con ese problema en su cabeza, la vida sigue adelante. Qué bueno que quieren tanto a sus hijos, qué bueno que los extrañen y los lloren tanto, pero ya tienen que aceptar la realidad. El país tiene que seguir caminando y ellos también con el resto de su familia”. Perdonen que se las recuerde, seguramente la han leído o escuchado. Aquí no me interesa, no obstante, hacer un recuento de los traspiés de nuestros últimos mandatarios. México no ha tenido desde hace décadas el gobierno que se merece. Lo que me interesa es analizar el trasfondo de la declaración, el sutil error que hay detrás, y lo pernicioso que es olvidarnos de algunas distinciones importantes.

Empiezo con un ejemplo que usa Michael Sandel. Hace algunos años un terrible huracán azotó las costas de Florida. Muchas familias perdieron su casa, su trabajo, a sus seres queridos. Todos diríamos a coro: ¡qué terrible desgracia! Frente a una desgracia como ésta parece que sólo cabe la fortaleza. Levantarse cada mañana, si es que se tiene dónde dormir, y tratar de reconstruir lo perdido. Volver a la vida; pues, en efecto, la vida sigue.

No obstante, una desgracia como ésta fácilmente puede convertirse en una injusticia. ¿Cómo? ¿Acaso las desgracias no las causan fuerzas que están más allá de nuestro control y las injusticias, por el contrario, son causadas por otros seres humanos con intención? Sí y no. En efecto, parece que nadie es el culpable de que un huracán destruya tu hogar. Sin embargo, detrás de toda desgracia se alojan las injusticias más sutiles o más devastadoras.

Pensemos en dos injusticias que pueden estar detrás de una desgracia como ésta: si el gobierno no destinó recursos para prevenir daños causados por un huracán, en costas que habitualmente sufren percances de este tipo, dicho gobierno cometió injusticia contra las familias ahora en desgracia. Sigamos con el ejemplo. Después de que el huracán azotara las costas, los expendedores de víveres esenciales (como agua potable y medicinas) inflaron los precios de sus productos sin restricción. Lo que sucedió es que la gente tuvo que comprar por diez dólares una botella de agua que en otro momento hubiese costado un dólar. Los republicanos libertarios defendieron a los expendedores con el argumento simple del libre mercado: los precios se fijan a partir de la oferta y la demanda. Nada hay de malo en ello. ¿Acaso la intuición no nos dice lo contrario? Sin duda, ¿qué hay de libre en un mercado que extorsiona a los consumidores para que compren a precios inflados productos que requieren dada su desgracia? Otra vez, una desgracia se convierte en una injusticia.

El punto es que carecemos de una distinción clara entre desgracia e injusticia. Como bien señaló Judith Shklar, una desgracia fácilmente se convierte en una injusticia cuando no tenemos la disposición y la capacidad para actuar en nombre de las víctimas, para culpar o absolver, para ayudar, mitigar o compensar, incluso cuando miramos a otro lado.

El caso Ayotzinapa no es una desgracia. Y no lo fue desde un inicio: perpetrado por el gobierno en diferentes escalas, y ahora ignorado por casi todas las autoridades. Frente a una desgracia cabe la aceptación, no frente a una injusticia. Y Ayotzinapa es hoy el símbolo de todas las injusticias en México. Así que no, no será olvidado.


Mi querido Chente: no, los padres no olvidarán lo sucedido. Claro que extrañan a sus hijos, y mientras vivan lo seguirán haciendo. Pero no callarán. No dejarán su lucha, porque lo que ahora viven no es una desgracia, es una terrible injusticia. Y no, tampoco lo olvidaremos nosotros, porque si callamos, si olvidamos, estaremos cometiendo una terrible injusticia con aquellas familias: habremos sido incapaces de actuar desde la perspectiva de las víctimas, habremos mirado a otro lado cuando en este momento no hay a otro lugar al que mirar que a su pérdida, a la pérdida de todos nosotros de un Estado que nos garantice seguridad. Y, ¿qué crees? Ahí no acaba. Tampoco callaremos ni olvidaremos lo sucedido con Carmen Aristegui. No nos olvidaremos de la Casa Blanca. Y tampoco nos olvidaremos de señalar día a día los atropellos de este gobierno que no es el nuestro. Porque México es mucho más que una panda de corruptos y asesinos. Y sabes qué, tarde o temprano, seremos nosotros los que ganaremos. 

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